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Colombia: dos caras de la agricultura orgánica.

El gobierno colombiano deberá escoger rápidamente qué tipo de agricultura biológica pretende defender: la de las familias poderosas dueñas de monocultivos destinados a la exportación, o la de las comunidades campesinas. ¿Es la una o la otra? ¿Que rol juega la certificación en esta decisión?

“¿Mi certificación? Mi certificación es la montaña!” Faustina Panche, con el brillo en sus ojos, aparece en medio de sus plantaciones abundantes y multicolores, en terrenos empinados o antiguos pantanos, donde ella parece ser la reina de un jardín botánico surrealista, recogiendo frutos por aquí, arrancando tubérculos por allá, para ofrecerlos a sus visitantes. Sus tres mil cafetos se encuentran dispersos en medio de una diversidad increíble de plantas y de arboles: diez y siete variedades de plátanos, siete de yucas, cinco de arracachas, ciento veinte de frijol, una variedad de chirimoya imposible de encontrar en otros lugares, maíz, caña de azúcar tradicional...

“Tengo cuatro hectáreas en las cuales planté de todo y todo esta mezclado. Mi papá me enseñó esta forma de cultivar. El decía que donde hay café debe haber plátano, mandarino, limonero, naranjo, aguacate... El decía, si alguien se pierde en un monocultivo de café, se muere de hambre, mientras que en una plantación como la mía, siempre podrá llenar su estomago”


Los cafetos de Faustina son como su finca. “Tengo cinco variedades de café tradicionales, entre las cuales está el papá de todos los cafés, el primero utilizado en América: el arábigo. Estas variedades necesitan sombra y les va bien en mi cultivo.” Faustina se niega a utilizar la variedad Castillo que la Federación Nacional de Cafeteros, muy ligada a la transnacional Nestlé, intenta imponer. “El Castillo crece sin sombra. La Federación da las semillas con un acompañamiento tecnológico y ayudas financieras. Los cultivadores son luego obligados a tener monocultivos. La Federación sataniza las variedades tradicionales de café diciendo que son muy frágiles, pero eso es falso.”


Faustina tiene sesenta años y es madre de seis hijos. Su finca se encuentra en el sur de Colombia en el Departamento del Cauca en medio del territorio indígena “Laguna de Siberia”, de la comunidad Nasa, de la cual es miembro. Un poderoso terrateniente reinaba hace mucho tiempo en la región. “Era un hombre malo. Pero a finales de los 70's los indígenas Nasas ocuparon la tierra reclamando sus derechos. Algunos lo lograron. Como mi papá trabajaba desde hacía mucho tiempo en este lugar, el organismo gubernamental encargado de la reforma agraria nos atribuyó esta tierra”.


Faustina remplazó a su padre, un visionario que desde muy pronto se opuso a la revolución verde y al uso masivo de productos químicos. “El recorría los pueblos de la región para convencer a las comunidades indígenas de preservar sus semillas y su agricultura tradicional. Enseñaba a fabricar abono compuesto con el estiércol de los animales de la finca, lombrices, residuos de plantas, cenizas, pulpa de café o melaza. El enseñaba a cultivar con la luna. Gracias a él yo sé que las plantas se cuidan las unas a las otras, se ayudan y pueden prevenir sus propias enfermedades.” La mayoría de los cultivos de Faustina sirven solamente para las necesidades de su familia. La venta de café es su principal fuente financiera.


Durante años ella comercializó su café a través del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) que lo vendía en Alemania bajo una certificación bio. Pero un desacuerdo en el precio la alejó de esta asociación. Desde entonces ella busca un nuevo comprador. “Yo vendí por un tiempo mi café a la Federación. Pero no pude continuar con ellos. Son tiranos que buscan controlar a los campesinos.” Faustina estableció contacto con el Fondo de Indígenas Páez y una ONG norteamericana, “Tengo que volver a certificar mi café. Eso me va a costar tiempo y dinero. Y sin embargo mi café ha sido premiado por su calidad. Es bio. ¿Por qué tendría yo que pagar para demostrarlo?”


Más al sur del Departamento del Cauca en las montañas del Macizo, la cooperativa Cosurca reagrupa mil trescientas familias de las comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas, que han sido víctimas en los últimos años de las acciones de poderosos terratenientes que querían apropiarse de sus tierras. Los miembros de Cosurca son pequeños productores de café que practican en sus pocas hectáreas los mismos métodos de Faustina: cultivo variado de café tradicional bajo sombra, junto con arboles de frutas y plantas para su propia subsistencia. El café destinado a la exportación no representa sino una parte de la producción, reservada prioritariamente para las familias o para el mercado local. La autonomía y la conservación de una economía campesina es el interés principal de doce organizaciones de productores que controlan la cooperativa. Desde el final de los años 90, Cosurca comercializa en Europa una parte de la producción de café de sus miembros bajo certificación biológica.


René Ausecha, el gerente de la cooperativa, analiza el por qué de esta elección: “No se trataba de satisfacer la demanda del mercado sino de apoyar la resistencia histórica de las comunidades al defender sus tierras, sus maneras de cultivar y la variedad de sus tradiciones. La certificación bio apareció simplemente para validar esta lucha por una agricultura tradicional a pequeña escala, practicada por campesinos pobres y excluidos. De esta forma ellos han podido liberarse del control de la Federación que quería imponerles otro tipo de agricultura. Eso nos trajo amenazas y acusaciones de apoyo a la guerrilla.”
El café de Cosurca tiene certificación bio del organismo boliviano Imola. Los costos de la certificación y los consejos técnicos son pagados por la cooperativa. “El comercio de productos biológicos es complicado”, explica René Ausecha. “Nosotros pagamos aquí por una certificación y nuestros clientes deben pagar en Europa para hacerla válida. También pagamos impuestos al gobierno y a la Federación. Es por esto que nuestro precio es más elevado que el precio nacional fijado por la Federación. Lo que nos permite garantizar una ganancia a nuestros productores.” Cosurca tiene desde hace diez años una buena relación con la sociedad francesa Andines que comercializa su café. Esta última boga por una economía equitativa y es miembro de la red Minga de la cual respeta las condiciones.


Para René Ausecha su relación con Andines es ejemplar. “Tenemos intercambios comerciales y también muchas afinidades. Compartimos nuestras dificultades con sus responsables, ellos son los embajadores de nuestros problemas en Europa. También compartimos nuestras experiencias. Ellos son críticos frente a las certificaciones, las normas y las marcas. Con ellos reflexionamos acerca de como desarrollar un sistema participativo garantizado que se base en relaciones de confianza y de solidaridad entre productores, compradores y ciudadanos”.


En el campo de la agricultura bio certificada, los campesinos de Cosurca que luchan por su autonomía, son un caso excepcional. En Colombia, la certificación beneficia esencialmente los enormes monocultivos destinados a la exportación. Negocios de poderosas familias ligadas a la represión de movimientos sociales y el desplazamiento masivo de población campesina. Así, las miles de hectáreas productoras de aceite de palma bio de la costa caribe pertenecen al grupo Daabon, propiedad exclusiva de los Davila, una de las familias mas influyentes de una zona en la cual los paramilitares y los narcotraficantes hacen todavía estragos.


El grupo Daabon es un reconocido conglomerado de empresas, no todas identificables, que controla la industria bio diesel en Colombia y que convirtió decenas de millones de hectáreas de selva y cultivos en plantaciones de palma “durables” para alimentar su fabrica. Los Davila aprovecharon el gobierno de su allegado Alvaro Uribe que no paro un instante, durante sus dos mandatos, (2002-2010) de llevar a su país a los primeros puestos de productores de agrocarburantes con ayuda de grupos paramilitares que sembraban el terror y desplazaban miles de campesinos. Los jefes de esos grupos y sus amigos se convirtieron entonces en grandes propietarios de tierras, promotores de agrocarburantes. Actualmente, decenas de terrenos son reclamadas por las comunidades desplazadas. El caso de la hacienda Las Pavas se convirtió en símbolo de esta lucha. Daabon hizo expulsar en el año 2009, ciento veinte familias de campesinos para sembrar cultivos de palma.

Mas al sur de Colombia, en el departamento del Valle del Cauca, 270000 hectáreas fueron convertidas en monocultivos de caña de azúcar, de las cuales la mayoría sirve para producir etanol. Una decenas de adinerados propietarios se reparten estos cultivos, entre ellos esta Carlos Ardila Lule, uno de los hombres mas poderosos de Colombia, que posee, entre otras, la empresa azucarera Ingenio Providencia. En estas decenas de miles de hectáreas de caña de azúcar saturadas de glifosfato, el Ingenio Providencia, cultiva 1500 hectáreas bio. La caña, de la cual el azúcar bio es exportado a los Estados Unidos y a Europa, son cosechadas por trabajadores con condiciones de vida y de trabajo particularmente difíciles.


En el 2008, los corteros de caña del Valle del Cauca hicieron una huelga histórica de dos meses reclamando sus derechos. La empresa mas activa en represión fue el Ingenio Providencia, que acusa y persigue hoy en día las cabezas del movimiento por sabotaje y complicidad con la guerrilla. Siete sociedades se reparten el rentable mercado de la certificación en Colombia. Las dos principales son Biotropico y la francesa Ecocert, antes asociadas, hoy en competencia. El aceite de palma bio de Daabon, exportado a Europa es certificado por Ecocert. ¿Qué piensa Carole Prouteau, la representante de esta sociedad en Bogota, de las graves acusaciones en contra de Daabon (desplazamiento forzado de los campesinos de Las Pavas) que llevaron a la sociedad inglesa The Body Shop a suspender sus relaciones comerciales con el grupo? “Nosotros no podemos basarnos en rumores difíciles de verificar” explica. “De todas maneras, eso no hace parte de nuestras competencias ni de las de los supermercados colombianos: Carrefour y Casino.

Estos supermercados compran a muy bajo precio los productos bio que luego venden diez veces mas caro en sus estantes. ¿La certificación bio en Colombia serviría entonces, en prioridad, para exportar los productos de grandes monocultivos y así alimentar las cadenas de supermercados? “Si. Un consumidor cercano al productor no necesita ver el sello de un organismo de certificación para poder confiar”, confirma sin miedo la representante de Ecocert. “Europa llego aquí con sus carabelas y nos impuso el español y la Biblia”. Hoy quiere convertirnos con la certificación”, constata Mario Mejía , profesor de agronomía de la Universidad Nacional de Colombia. “Es posible cultivar palma o caña de azúcar sin agro química pero eso no es suficiente para hacer agricultura biológica como yo la entiendo. Eso es tan solo una condición. También es importante respetar el medio ambiente, la salud y los derechos humanos de las comunidades rurales, la equidad... Los megacultivos comerciales niegan la biodiversidad y la soberanía alimentaria. Una agricultura realmente ecológica debe ser desarrollada en pequeñas fincas de familia, solo allí es posible cuidar el agua, las semillas, el suelo, los bosques...”

En el departamento del Valle del Cauca, Mario Mejía hace parte de una red de mas de quinientos pequeños productores que practican una agricultura campesina agro ecológica y que venden sus frutas y legumbres en mercados locales. Ellos rechazan la certificación. La relación entre productores y consumidores esta basada en la confianza, siguiendo un modelo cercano a los sistemas de garantía participativa. Estos últimos han tomado fuerza en America Latina y los países los han ido reconociendo oficialmente. El primero fue Brasil, seguido por Bolivia y Peru. Otros lo harán próximamente. Colombia, sometida a los intereses de poderosas familias del negocio bio, de las grandes distribuciones y de las certificaciones les cerrará el camino?



Articulo original escrito por Philippe Baqué
traducido al espanol por el GruPo ColomBio
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