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Abejas, ejercito del sentido.


Abejas conversando n poco más allá de La Calera, por la misma vía que conduce a esa gran ruina que hoy es la fábrica de cementos Samper, miro un enjambre de abejas que trabaja incansable en la rama de un árbol. La Naturaleza está hecha de hermosos contrastes: seres frágiles que endulzan tu vida tienen también la capacidad de matarte. Ruidosas, con sus horarios estrictos, sus jornadas activas, sus ires y venires de árboles y viento.


¿Me pregunto a qué obedecen las abejas? ¿A una fuerza superior a ellas? ¿A algo que las habita y sin lo que no podrían ser? ¿Se obedecen tan sólo a ellas mismas, pues saben a lo que vienen y de qué esta hecho el tiempo que tienen sobre esta Tierra?

Haciendo su tarea, obedeciendo, cumplen en el planeta una misión que va más allá de endulzarnos la boca. Son la prueba de que nada ni nadie es insignificante. El ser que podríamos aplastar con la punta del zapato tiene una misión clara que justifica su existencia y su devoción inagotable.

Pero eso mismo que admiro en las abejas lo odio en policías, religiosos y militares. Las admiro porque dan su vida por una colmena que las olvidará, porque parecen gozar siendo del montón, cumpliendo sus metas, perdiéndose las unas entre las otras, las unas iguales a las otras y a su vez, todas importantes, todas únicas. Aguijones destinados a una sola picadura, arma de defensa, no de ataque, que una vez utilizada las hiere mortalmente. Matando mueren.

Arco Daniel, Retrato Artesanas de la transmutación, experimentan constantemente con la Naturaleza. Basta con una cucharada de miel en la boca para reconocer los árboles, las plantas y flores vecinas de una colmena. En toda buena miel hay un paisaje.

Ahora mientras el sol se esconde, miro la picadura en mi brazo izquierdo. Una mancha roja, una inflamación que parece una isla en medio del espacio-tiempo entre la muñeca y mi codo. Arco se viste de apicultor, avanza como un astronauta entre las plantas, esgrimista desarmado y en silencio, en conexión. Sólo las abejas y las estrellas justifican tal parafernalia.

Cueva de la Araña en Valencia. Mujer recolectando miel ¿Y habrá alguna que abandona? ¿Tienen las abejas como el ser humano esa particular, y tal vez vital, capacidad de tirar la toalla? Me pregunto si habrá entre la familia una abeja negra, esa que abandona el rebaño o en este caso, la colmena. Me voy, cubro mi brazo. La boca me sabe a eucalipto.

Cueva de la Araña en Valencia, España.
Mujer recolectando miel. Pintura rupestre, aproximadamente por el año 6.000 a. de C.




Imagenes y texto por Grupo Colombio
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