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Doméstico y Sagrado

Cocinar, tarea simple y habitualmente delegada al componente femenino de los grupos, familias y comunidades. Diario menester cuya importancia se olvida fácilmente, así como se olvidan los objetos en el patio de atrás. Acto perdido entre las listas interminables de las labores domésticas, una cosa más. Y comer, esa inoportuna necesidad en medio del afán, casi una obligación que da pereza y a la cual terminamos obedeciendo con flojera pues el hambre vence al cuerpo.

Característica por excelencia de la vida en nuestra época: cocinar y comer son de esas cosas vitales para las que ya no hay tiempo. Y ni hablar de conocer sabores nuevos, de dedicarle una mañana a la creación de un plato o descubrir alimentos diferentes y hacer de la necesidad de comer, la excusa perfecta para romper nuestra rutina y nuestro cansado ritmo.

El día que fuimos a Choachí a grabar esta receta, justo para romper la rutina, llovió. Al fondo tras la polución bogotana y bajo la salida del sol tras las nubes, se fueron apagando y perdiendo las luces de la ciudad. Lilian nos esperaba entre cabañas y orquídeas , lista para jugar e improvisar de la mano de las reglas. La cocina, entendida como algo creativo, parece un ir y venir entre instrucción establecida o receta definida y la intuición personal. Se hace necesario entonces escuchar la propia voz en medio de las acciones para, a través de los sentidos, decidir hasta dónde van las cantidades, el fuego, la transmutación.

Lilian se conecta entonces con aquello que pasa por sus manos y desde lo simple, picar tomates, pelar los ajos, lavar la quinua, materializa una idea y se observa a si misma mientras observa. Es posible entonces estar ahí, presente desde los actos mas cotidianos. Y a pesar de haber aprendido a mirar hacia afuera, a mirar lejos, descubrir que la aventura de cualquier día puede comenzar en el mesón. La cocina es entonces espacio de investigación, o mejor, una vía por la que sin saberlo desde la sombra de los tiempos han pasado incontables preguntas y respuestas, historias y encrucijadas, verdades relativas y duraderas o... absolutas y pasajeras, e incluso, por qué no, una que otra revelación inexpresable.

Todo eso, además de un buen plato, puede salir de unas horas en la cocina, ese escenario de acciones aparentemente determinadas que van creando el mientras tanto que es nuestra vida. Transformaciones en nuestras manos, pelar, lavar, rayar, mezclar, planear, soñar, imaginar, dudar, decidir, encender el fuego y... esperar. A fuego lento, alto, corto, a mediano o largo plazo. Todo según las instrucciones que te dicta el alma y en medio del vaivén de circunstancias externas que, al igual que los ingredientes, son tan solo la base y no el determinante absoluto de lo que creas y eres.



Así como algunos hacen suya la excusa del “no me gusta cocinar para mi solo”, otros cuantos por el contrario se gozan y hacen suyo ese placer individual. Así como pocos se dan la oportunidad de mirar en otro sentido cuando ya nada del habitual horizonte tiene sentido, otros, no sin miedo, dejan trabajos estables para aventurarse en terrenos creativos, sabiendo que de lo que se trata es de seguir el camino que les permite ser. Lilian pertenece a esos pocos, tal vez porque en el fondo sabe que lo que define el mañana es lo que hacemos a diario y lo que predice el futuro es lo que nos damos hoy. En ese sentido vale la pena preguntarse qué es lo que uno se está dando, si estamos siendo generosos y amables con nosotros mismos desde lo cotidiano, desde la mesa.

No se trata pues de llenar el plato de ingredientes, no se trata de una tarea simple y sin importancia. Cocinar es el arte de crear un momento y como la alquimia (comparación indeclinable) el arte de transformar los ingredientes y hacer de la cena un instante tan precioso como el oro. Entonces apagamos la tele y dejamos de comer como zombies espectadores frente a las tragedias repetidas del noticiero del día, lejos y ausentes de aquello que nos rodea y nos afecta de manera directa: los sabores en nuestra boca, los olores que llenan el espacio en el que existimos, los colores que atraviesan la luz. Con los otros que están ahí o con uno mismo y en silencio, una vez más, en el presente. Lo profano se hace sagrado y al estilo de Thich Naht Hanh, lavamos los platos como si bañáramos a un Buda bebé.
Para que Lilian ponga en el wok esas cuantas cebollas rojas, la tierra dio unas cuantas vueltas exactas en las cuales tomaron forma y maduraron los frutos. Puede que estemos aquí todos dando también unas cuantas vueltas exactas, con el tiempo suficiente para crear aquello que corresponde a nuestra esencia. La obra, el aporte, el fruto. Ese dar lo mejor de si a partir de aquello con lo que se cuenta, a partir de lo simple, cotidiano y hasta invisible. Y aunque sabiendo poco y a veces incluso temiendo el resultado, vamos de certeza en certeza, como van los pájaros de rama en rama, intuyendo y esquivando el vacío de la mejor forma posible: lanzándose en él.


Imagenes y texto por Grupo Colombio
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